Yulimar Rojas, una fuerza de la naturaleza

Brazos al cielo, aplaudiendo. Grita y sonríe. Un bailecito, dos, tres. Un paso como para prever el movimiento, dos, tres. Sin moverse de su puesto. Puro ritmo. Y desde allí, la naturaleza hace el resto. Desde allí, a la medalla de plata que regaló a Venezuela una sonrisa en Río 2016.

Porque lo de Yulimar Rojas (Caracas, 1995) es natural. Imprevisto, espontáneo. Contó con la ayuda de entrenadores, pero lo suyo es un don. Ese don lo vive con la alegría de una niña de 12 años, pero en el cuerpo de una atleta de 1,92 metros.

Nacida en la maternidad Concepción Palacios pero criada en Puerto La Cruz, llegó a temprana edad al barrio de Pozuelo. Su madre arribó a la ciudad oriental procedente de Caracas. Yuli era la tercera de los seis hijos de Yulecsi Rodríguez. El padre de la hoy medallista no estaba para su familia, por lo que la matrona tuvo que sacarlos adelante.

“Vivíamos en un ranchito que se nos estaba cayendo, llovía y nos mojábamos”, rememora Rojas en una conversación con Punto Olímpico, órgano del Ministerio del Deporte venezolano. “Yo estoy criada con mi padrastro, él me ayuda en todo. Mi papá no se ocupó de mí. Yo quería que se sintiera orgulloso y me apoyara, pero nunca lo hizo”.

Su progenitor biológico no solo no la ayudaba, sino que le ponía trabas en su desarrollo. Ni siquiera firmaba los permisos para que saliera, como menor de edad, al exterior para representar a su país. “Pasaba mucho trabajo, me dijo varias veces que no y por eso perdí varios viajes”, indica la atleta en su charla con Punto Olímpico.

“Ella entró al atletismo a los 13 años como saltadora de alto, luego de triple. Siempre estuvo enfocada en el deporte, desde pequeñita”, manifestó su madre, Yulecsi, a PANORAMA. “Es una muchacha muy alegre, bailadora, le gusta cantar, es muy humilde y disciplinada en su deporte. Es excelente hermana, hija, amiga. Es una niña espectacular, que Dios me la bendiga”.

Inicialmente pensó en el voleibol. “Yo estaba emocionada con la selección de voleibol que había clasificado a los Juegos Olímpicos de Beijing (2008), pero cuando fui al polideportivo (en Puerto La Cruz) no había entrenadores de voleibol y fueron los de atletismo los que me vieron. De inmediato se fijaron en mí”, señaló la medallista a la periodista Eumar Esaá.

Como las gotas que pasaban a través del techo en el ranchito de Pozuelo, comenzaron a caer las medallas y los logros. Estaba destinada a ello. Primero fueron los Suramericanos de 2014 en salto alto: instauró el récord nacional junior de 1,87 metros. Pero su entrenador, Jesús Velásquez, consideró que lo suyo eran los saltos horizontales.

“Yo siempre supe que podía llegar lejos”, afirmó Velásquez al periodista zuliano Juan Pablo Azuaje, en Río de Janeiro. “Era perfecta para el atletismo y la fuimos encarrilando, hasta lo que es hoy en día. Ella se estaba preparando para Tokio 2020, estaba entrenando para eso, no para Río. Y ahora tiene una medalla de plata”.

Con los logros deportivos comenzó la mejora de la calidad de vida para su familia. La Gobernación de Anzoátegui y Eduardo Álvarez Camacho, presidente del Comité Olímpico Venezolano y del Instituto Regional de Deportes de la entidad oriental ayudaron a que tuviera un mejor hogar. Se mudó a Barcelona y se enfiló, definitivamente, a seguir conquistando glorias para la nación.

No se contentó con lo obtenido. Por la red social Facebook contactó al retirado atleta cubano Iván Pedroso, una de las leyendas del salto de longitud en el Caribe, oro en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Le propuso que la entrenara y, tras una serie de conversaciones, Yulimar estaba en España trabajando con el habanero.

“Es una atleta sin límites, y cuando se concentra a la hora de competir puede ser muy peligrosa y terminar muy por encima de lo esperado”, señaló Pedroso a la agencia de noticias AFP.

Suramericanos, Panamericanos, Juegos Bolivarianos, Campeonatos mundiales bajo techo, la Liga de Diamante… y los Juegos Olímpicos. Todos han sucumbido ante su contundencia. Se convirtió, la noche del domingo en Río de Janeiro, en la segunda criolla en conquistar una presea en atletismo de Olimpiadas, detrás del zuliano Asnoldo Devonish, también en salto triple pero en Helsinki 1952.

Baila, canta, es feliz. Pero nunca como cuando salta. Allí, como la fuerza de la naturaleza que es, se siente en su elemento, el aire. Cuando cae sabe que el premio estará en su mano.