Perfil: Lionel Messi, el niño que "nació sabiendo"


Una puerta entreabierta deja ver a un niño pequeñito, piel blanca, cabello largo. Sentado en su cama y con los pies a poco de llegar al piso, se inclina y toma una inyectadora. Ya el dolor es menor, pero igual siente el puyazo en los muslos y el líquido que entra.

Todas las noches, Lionel Andrés Messi tiene que hacerse el tratamiento para desarrollarse normalmente. La hormona del crecimiento le falló. Aumentó 37 centímetros en 10 años: hoy alcanza los 1,69 metros de estatura.

Sufrió para ser el mejor. En su Rosario natal -una bucólica ciudad del norte argentino, a orillas del río Paraná-  no pudo conseguir el apoyo económico para continuar con la medicación: Newell’s no tenía fondos, River Plate no quiso apostar por él. Pasando el Atlántico, Barcelona se fijó en él.

Así comenzó el romance del balón, el equipo blaugrana y el poeta mudo de la zurda bendita.

Veinticinco años después de su nacimiento, es la principal figura del fútbol mundial. Se ha establecido una rivalidad con el portugués del Real Madrid, Cristiano Ronaldo, pero los goles, los títulos y los reconocimientos avalan al argentino.


El tercero de los cuatro hijos de la familia formada por Jorge Messi y Celia Cuccittini nació el 24 de junio de 1987. Pocos minutos antes de las 6:00 de la mañana, pesando tres kilos y midiendo 47 centímetros de largo –de acuerdo con el biógrafo del argentino, el italiano Luca Caioli-, Leo vio la luz en el hospital Garibaldi de Rosario.

“Nació sabiendo”, contaba a Caioli el primer entrenador del niño Messi, Salvador Ricardo Aparicio. En 1992 lo puso a jugar en el equipo Grandoli, de la localidad santafesina. Uno, dos, tres regates, cuatro regates… la marca distintiva de “La Pulga” aparecía ante el público.

Los Messi-Cuccittini, descendientes de inmigrantes italianos y españoles, pertenecen a la clase media argentina. Rodrigo, Matías, Lionel y María Sol son los cuatro retoños de la familia de obreros – Jorge era jefe de una sección en una empresa siderúrgica, Celia trabajaba en un taller de bobinas magnéticas- que creció en el barrio de Las Heras.

En 1994 Leo dio el salto a Newell’s Old Boys, uno de los clubes populares de Rosario. La calidad que demostraba en el campo asombraba cuando se veía su físico: endeble, pequeñito comparado con los jugadores de su edad, pero con una movilidad extraordinaria.

Adrián Coria lo entrenó en las juveniles de su segundo equipo en la vida, el Newell’s. Él extécnico juvenil de Paraguay conversó con este diario anteriormente: “Absolutamente todo lo que hace ahora dentro de una cancha, los movimientos, los golpes a la pelota, el bajar la cabeza, la inteligencia para poner un balón entre líneas,  lo hacía cuando tenía 12 años,  con 30 centímetros menos y 20 kilos menos. Ha sido siempre de la misma manera. Messi ha deleitado desde que era muy chico”.

Sin embargo, con 10 años se le diagnosticó un daño en su hormona del crecimiento. No funcionaba con normalidad. Durante tres años, primero resistiendo, luego acostumbrándose, tuvo que someterse a las inyecciones de somatotropina sintética. Primero lo hacían sus familiares, después él solo, sin ninguna ayuda, sin temores, ni llantos.

El coste del tratamiento era elevado. Los Messi-Cuccittini no tenían cómo mantenerlo, y ningún equipo en Argentina estaba preocupado por un muchacho que, si bien desplegaba una clase pocas veces vista, no daba garantías de ser así en la adultez.

Recuerda el argentino Leonardo Faccio en su biografía sobre “La Pulga” que “la obra social y la mutual que financiaban las dosis dejaron de pagar la medicina. El padre tuvo que buscar ayuda en clubes de fútbol para que el hijo no interrumpiera el tratamiento: Newell’s colaboró solo durante dos meses, River Plate le negó el apoyo y el Barcelona es el club de donde Messi dice que nunca se irá”.

La relación entre Messi y el Barcelona nació en el 2000. Un grupo de empresarios deportivos, que a la postre se distanciaron del padre del jugador por conflictos económicos, llevó un video de una de sus actuaciones a José María Minguella, directivo del club condal. Él lo remitió a Rexach, entonces director deportivo de la institución. Querían verlo en persona y le dieron un pasaje a Lionel y a Jorge Messi para viajar a la capital de Catalunya.

Leo realizó las pruebas, donde destacó –marcó cinco goles en un partidillo-, pero Rexach no estaba allí para verlo. El catalán, jugador del Barca en los 70 y 80, se encontraba presenciando la obtención de la plata olímpica española en Sydney, Australia.

Tras volver a Barcelona, Rexach no creía lo que veía. “Era un jugador muy especial, muy pequeñito”, rememoraba en una entrevista previa con PANORAMA. “Pero hacía cosas con el balón que nunca había visto, era habilidoso. Cuando lo llevamos a Barcelona le hicimos pruebas complicadas para su edad, porque por ser extranjero había que exigirle más, y las superó todas con mucha facilidad”. 

A pesar de la decisión, todavía quedaban dudas en la inversión. Leo tenía 13 años, con sus problemas de salud y traerse a un extranjero a vivir a Barcelona con toda su familia requería de mucho dinero. Rexach se mantuvo en su punto: lo quería. Ante los agentes del muchacho firmó en su compromiso en una servilleta:

“En Barcelona a 14 de diciembre del 2000 y en presencia de los señores Minguella y Horacio, Carles Rexach, secretario técnico del FCB, se compromete bajo su responsabilidad y a pesar de algunas opiniones en contra a fichar al jugador Lionel Messi, siempre y cuando nos mantengamos en las cantidades acordadas”.

El 8 de enero de 2001 se firmó oficialmente y el 15 de febrero los Messi-Cuccittini aterrizaron en Barcelona.
Leo deslumbró a todos en las categorías menores. En el campo brillaba, era un zurdo genial, con una inteligencia potente para tomar decisiones. Físicamente no contaba con mucho, y aunque a pesar del tratamiento ganaba estatura, todavía era un “enano” entre gigantes.

Fuera del campo era callado, muy tímido. No armaba alharacas como los de su edad. Amante de las milanesas con papa que le preparaba su mamá, y luego su hermano mayor Rodrigo –su chef particular-, era muy de ver televisión y dormir. Sobre todo eso: dormir.

No leía, no le gustaba estudiar, era difícil para él relacionarse con sus compañeros. Reía, pero calladamente. Y lloraba en secreto. Caioli develó que en su viaje desde Argentina a España lo hizo, así como con cada derrota o sinsabor en su vida.

De hecho, un Messi adulto y en pleno cénit de su carrera no quiso asistir a la rueda de prensa de la despedida del técnico Josep Guardiola en 2012 por esa razón: no quería que lo vieran llorar. “Debido a esta emotividad que siento, preferí (estar) lejos de la prensa, sobre todo porque sé que ellos buscarán los rostros de pena de los jugadores y esto es algo que he decidido no demostrar”.

Se estrenó con el primer equipo del Barcelona antes de hacerlo con Argentina. En 2003 debutó en el primer equipo en un amistoso contra el Porto de Portugal -dirigido en aquel entonces por un tal José Mourinho-; se estrenó en Liga contra el Espanyol en 2004 y marcó su primer gol 2005 ante el Albacete, bajo el mando de Frank Rijkaard.

En la Asociación del Fútbol Argentino no sabían de su existencia. Cuando vieron que la Real Federación Española de Fútbol quería ubicarlo en las filas de la roja ibérica, se movieron e improvisaron un amistoso juvenil contra Paraguay en 2004. Argentina ganó 8-0, y él marcó un gol.

Es una de las respuestas a la perfecta adaptación de Messi al Barcelona y las dificultades que experimenta con la selección de su país natal.

En la albiceleste, de manera oficial, vio acción en 2005 contra Hungría, un amistoso. Jugó el Suramericano de ese año en Armenia, Colombia, donde terminaron terceros.

El estreno celeste y blanco en el campeonato continental fue ante la Vinotinto. Allí anotó un gol, en la victoria 3-0 sobre Venezuela. Terminaría marcando cinco dianas.

Desde entonces, los criollos lo han sufrido en el campo, pero con el paso del tiempo han aprendido a frenarle. Su primer tanto en eliminatorias lo logró el 16 de octubre de 2007 en Maracaibo, en un triunfo 2-0 por el camino a Suráfrica. El segundo tanto que le metió a la Vinotinto fue en el debut de Diego Maradona en el premundial surafricano, en el 4-0 en Buenos Aires del 28 de marzo de 2009.  

Fernando Amorebieta explicó a PANORAMA cómo ha podido frenar a “La Pulga” en los últimos partidos contra Argentina. Lo logró en Calcuta (pese a que Venezuela perdió 1-0) y en Puerto La Cruz (en las eliminatorias a Brasil 2014, victoria criolla 1-0): “Fue un trabajo global, de todo el equipo, que estuvo apretando, que iba por el partido, eso es importante. En lo individual, sin los compañeros, sin la comunicación, el trabajo era más complicado”.

Su primer gol con el equipo de mayores fue en 2006 ante Croacia. Con el combinado nacional ha tenido una relación inestable: le critican que no sea tan dominante y efectivo como lo es con el Barcelona.  Pese a que ha obtenido un oro olímpico (Beijing 2008), ni en los mundiales de 2006 y 2010 ni en las copas América de 2007 y 2011 ha podido llevar a la cima a su selección.

Una de las glorias del fútbol suramericano, el uruguayo Álvaro “Chino” Recoba, lanzó su visión sobre el caso en una charla con este diario: “Juega a una cosa en el Barcelona y en la selección no. Es un cambio muy fuerte. Uno mira un partido en el Barcelona y otro de eliminatorias y no tiene nada qué ver. El ritmo, la velocidad de las canchas. Aquí hay buenas canchas, pero no tienen la velocidad de las de España. En el Barcelona juega de memoria, en la selección cuesta, más allá de que es diferente al resto de sus compañeros. Un equipo como el Barcelona, con Messi, Xavi, Iniesta, Villa… Argentina espera demasiado de Messi solo, en España tiene muchas más posibilidades”.  

Vestido de albiceleste lleva 23 tantos, pero tiene delante el reto de ganar una copa de peso.

Hoy, Cristiano Ronaldo se ha convertido en su némesis en el fútbol mundial. No existe medida en la que no sean comparados ambos genios, pese a que sus estilos de juego sean distintos. Mientras el portugués es alto, con un sprint brutal y un remate encendido, el argentino es pequeño, un driblador elástico y adelantado en milésimas de segundos a las decisiones de rivales y compañeros.

“Soy mejor que Messi y el Real Madrid es mejor que el Barcelona”, dijo Cristiano en una entrevista con CNN en 2012. Y durante la Eurocopa de naciones, ante la presión por la actuación portuguesa, recordó erróneamente que la Argentina de Messi ya había sido eliminada de la Copa América 2011 antes del final de la primera fase, cuando cayó en cuartos de final.

Leo intenta distanciarse en las críticas. A él solo le interesa jugar fútbol.

Sus duelos, como protagonistas de los derbis entre Barcelona y Real Madrid, han alimentado el morbo de millones de seguidores. Sin embargo, la supremacía del rosarino –títulos individuales, como el “Pichichi” de la Liga (dos del de Rosario, uno del de Funchal), el Balón de Oro (uno del portugués contra tres del argentino), además de títulos grupales- parece indiscutida: en eso coinciden leyendas tan dispares en opiniones como Pelé, Maradona y Johan Cruyff.

Al menos, hasta ahora.

Si en el presente es comparado con Cristiano, las comparaciones con la exestrella del fútbol mundial, su compatriota Diego Armando Maradona, son constantes: un día sí y el siguiente también. Zurdos, de orígenes humildes, triunfadores en Europa, con una gambeta soberbia, dueños de la 10 en sus equipos…

Ubaldo Matildo Fillol, arquero campeón del mundo con Argentina en 1978, recalcó en una entrevista previa con este rotativo la condición fundamental para que Messi sea mejor que Maradona: “Si Argentina gana la Copa del Mundo con Messi, a partir de allí hacemos comparaciones. Diego ha demostrado, en una Copa del Mundo, que es el mejor de todos. Ojalá Messi pueda”.

“Me da mucha alegría”, apuntó Messi en una entrevista concedida al periodista italiano Caioli en Barcelona. “Pero yo todavía no he hecho nada, tengo que seguir creciendo y aprendiendo. Intento mejorarme cada día para ser mejor futbolista. Y después, Diego es único, no habrá otro”.

Pero todo en el campo: fuera de él son como el agua y el aceite. Al dicharachero Diego se opone el tímido Leo. El segundo huye de las luces, el primero es la polémica en dos pies. Maradona intentó, como seleccionador en Suráfrica 2010, hacer de Messi un segundo “D10s”. Le dio la cinta de capitán por encima de líderes natos como Verón o Mascherano, pidió que diera confianza a sus compañeros, que los alentara… pero al silencioso crack le costó.

Al final, Argentina resultó eliminada en cuartos de final, luego de un baile de Alemania.

“Vestir la camiseta de la selección es algo grande”, dijo Messi a Caioli. “Aunque viva a miles de kilómetros, me gustaría estar en todas las convocatorias y dar muchas alegrías a mi gente”.

Diego está claro. “Leo es de otro planeta”. Lo proclama su sucesor y espera que repita sus éxitos.

El niño que sufría en silencio quizá hoy lo hace menos. Sigue siendo tranquilo y tímido, pero la alegría lo toma de la mano. Solo reduce sus frustraciones a las derrotas en el campo. Ganar un Mundial lo tiene entre ceja y ceja. Pero la vida le sonríe: cuenta con su familia; su novia Antonella, la que le ha acompañado desde jóvenes, está embarazada de su primer hijo. El planeta fútbol está rendido a sus pies y se babea con cada intervención suya, donde todavía pide permiso para ser genio.

Un genio tranquilo, que se la pasa durmiendo la siesta, jugando con la PlayStation, escribiéndole a los amigos por el BlackBerry, comiendo milanesas con papas y jugando con su perro bóxer, llamado Facha. Y ganándolo (casi) todo.

Apenas tiene 25 años.