"No tengo rencor contra el 'Inca'. Él ayudó a Yoel": madre de Finol

La tragedia que marcó su vida y que le dejó una herida en su corazón lo hizo más fuerte: este domingo, cuando la medalla de bronce sea mordida por Yoel Finol, cuando vea la bandera venezolana en las alturas de Río de Janeiro, recordará también a su hermana Jennifer Carolina y al cuñado que terminó con sus vidas, Edwin “El Inca” Valero.

Porque es difícil distanciarlos. Creció Finol siguiendo los pasos de su laureado cuñado y paisano, que fue como un hermano mayor para él. Mucho de su estilo tiene también el del malogrado pegador vigiense, y así lo reconoce la madre de Finol, Mary Sorani, en conversación con PANORAMA.

“Él (Valero) se lo llevaba cuando venía de Estados Unidos para ir a entrenar, trotaban juntos. En Caracas también lo puso a pelear, le hacía señas y le decía que si se dejaba ganar le iba a pegar (risas). Yoel le tenía pavor. Lo puso a pelear en un boxeo de calle y ganaba siempre las peleas”, rememora la progenitora.

El mismo Yoel recuerda que en esas peleas de calle “El Inca” apostaba droga y dinero por su joven cuñado. “Él me enseñó a tirar los golpes, me enseñó lo básico y me llevaba a peleas callejeras para que me hiciera hombre”, dijo el pegador vigíense a Espn, tras conquistar el bronce en los 52 kilogramos ante el argelino Mohamed Flissi.

Valero mató a Jennifer Carolina en Valencia la madrugada del 18 de abril de 2010. Un día después era encontrado ahorcado en su celda.

“No tengo rencor contra el Inca, era mi yerno”, dijo Mary Sorani. “Él lo ayudó bastante (a Yoel)”.

Seis años después de la tragedia, la vida de Yoel es otra. Erigido en héroe nacional tras darle a Venezuela su sexta medalla histórica en boxeo olímpico, 32 años después de la última, el futuro asoma brillante para el merideño.

“He pasado por un momento muy bello, hermoso, me siento muy orgullosa por la medalla de bronce que ganó mi hijo”, afirmó su madre. “Él me decía desde muy niño que tenía que ir a unos Juegos Olímpicos y se le cumplió su sueño”.




No olvida cuando su niño tomaba el transporte para entrenar en el Gimnasio de Buenos Aires, en El Vigía. Se le ponía el corazón chiquitico.

“Primero fue al gimnasio ‘Morochito’ Rodríguez, por la calle 1 (de El Vigía), aunque allí no estuvo casi tiempo, una semana. Se lo llevó mi hermano Evelio. Allí dio sus primeros pasos. Después un amigo me dijo que lo soltara para el gimnasio Buenos Aires, que agarrara la buseta solo. Yo le respondí que me daba miedo, que estaba muy pequeño. Pero luego accedí: lo montaba en la buseta y luego llamaba a los profesores para saber cómo había llegado. Así lo hice hasta los 12 años, cuando él se soltó, iba solo”.

En el barrio San Isidro hay fiesta. Tres a cero le ganó Yoel al argelino, “al árabe”, como le dicen.

Todos festejan. Mary Sorani también, pero a su mente llegan los recuerdos de su pequeño. Aquel que criaron ella y su padre, el cañadero Segundo Finol. El abuelo de Yoelito falleció este año, el papá nunca se hizo responsable de la familia.

En cada oración aparece él. “Primero (se lo encomiendo) a mi Dios, es el único que sabe, es nuestro padre. Y luego el abuelo, que fue como su padre, él le decía papá”, afirma Mary Sorani. “Papá ya estaba mayor, lo llevaba a la escuela pero no al boxeo. Siempre lo apoyó, se emocionaba, le decía ‘no se deje hijo, dele duro”.

El boxeo no fue la primera opción en la vida de Yoel. “A él le gustaba mucho el fútbol, entrenaba para futbolista y maratonista. Ganó medallas en maratones. Pero luego dijo que le gustaba el boxeo, yo lo apoyé”, contó la progenitora. “Le dije ‘bueno papá, si a ti te gusta el boxeo, yo te apoyo en eso’. A los 16 años se fue a Caracas y en el gimnasio le dijeron que se pusiera a guantear. A los profesores les gustó mucho cómo lo hacía. Después lo agarró la Federación Venezolana de Boxeo”.

El temor de madre permanece con el paso del tiempo. El boxeo es duro, la vida del pegador es corta. “Él casi nunca ha tenido roturas en la cara, de repente un rasguñazo con el guante. Yo le decía ‘papi, cuídate la cara, cuídate la cara’. Yo sentía como si me estuvieran dando a mí. Me pongo muy nerviosa cuando veo pelear a mi hijo”, confiesa Mary Sorani.

“Yo me sentaba y me ponía a mirarlo. Cada golpe me dolía a mí. El niño siempre tuvo mucho estilo para pelear, desde carajito. Ni sentía miedo ni nada. Yo le decía ‘cuidado papá, ése es más alto, tiene mayor alcance’ y él no tenía miedo. Él es muy positivo, muy optimista”.

La posibilidad de cambiar la medalla de bronce a un oro o plata se esfumó por los puños del uzbeco Shakhobidin Zoirov, que este domingo peleará por la dorada ante el ruso Mijail Aloyan.

Igual, el bronce le sabe a gloria.

En el Olimpo de los pugilistas venezolanos, en el que manda con señorío Francisco “Morochito” Rodríguez con su oro en México 68, donde están Pedro Gamarro y Bernardo Piñango con sus platas en Montreal 76 y Moscú 80, en el que se encuentran Omar Catarí y Marcelino Bolívar con sus bronces en Los Ángeles 84… allí está Yoel Finol.

“No cambió la medalla de colores porque la vida fue así, pero se trajo una medalla de bronce que cualquiera no se la trae”, indicó Mary Sorani.

En la humilde casa del barrio San Isidro no le esperan joyas ni diamantes. Pero sí un ensopado de arroz y carne frita, como tanto le gustan. Y el amor de todo un pueblo que lo ve como el nuevo ídolo del deporte venezolano.