Ser futbolista (en Venezuela)

Ser futbolista no es tan sencillo como que te regalen un penal al minuto 93 y que el portero te avise hacia dónde se lanzará, para que salgas en hombros del estadio y el público te aclame.

No es tan fácil.

Muchos comenzaron desde niños. Unos vieron en el fútbol el modo de salir de la pobreza, con lo que puede llegar a implicar (hambre, drogas, muerte, violencia). Encontraron en el deporte un modo de surgir, de "echar pa'lante".

Entrenar día a día. Levantarse en la madrugada, ir al campo, reventarse por dos horas ante la acuciosa mirada de un entrenador con ansias de exprimir lo mejor del atleta.

Vivir un régimen espartano. Disciplina en la vida -para la mayoría, aunque siempre hay quien se salte este trámite-. No beber, no comer en exceso, no trasnocharse. No rumbear. Abandonar a la familia, al hijo pequeño que ansía con jugar, a la esposa mimosa o a la novia necesitada de dar y recibir afecto. A la madre o al padre. Someterse a la soledad de una concentración. Prepararse día a día.

¿Y si no te pagan a tiempo? ¿Tres meses de deuda, el niño enfermo, la mujer preguntando cuándo pagarán, la obligación de salir a taxear porque el directivo que firma los cheques está fuera del país?

Es estar sometido al examen de los medios de comunicación, a las críticas - "Está perdido en el campo, no muestra actitud, parece un jugador amateur, no está a la altura de los compañeros... está desaparecido" -. Y sin poder cerrar el medio o mandar al carajo al periodista, porque sabe que muchas veces su carrera depende de él.

Los gritos de la gente. Escuchar las ofensas a la madre o a cualquier familiar que entre al cerebro del radical que está en la tribuna. La presión de perder un balón y ser pitado. O el hecho de ser ignorado, de no recibir un aplauso siquiera en una acción en la que arriesgaste la vida.

Bajo un sol asfixiante -imagínese a Maracaibo a las 3:00 de la tarde de un domingo- en un campo minado de huecos y barro, aguantando las patadas del rival, las puteadas, los escupitajos, los golpes a los riñones, los saltos con los brazos abiertos, las entradas con ganas de romper, de enviarte al hospital con una triple fractura. De dejarte amarrado a una silla de ruedas. Ojo, que hay jugadores que piensan así. Total, esto no es un cuento de princesas. Es fútbol.

¿Y si termina ganando y el público del rival se le echa encima? ¿O a alguien se le ocurre lanzarle una lata cerrada, una piedra o meterse al vestuario con un pico de botella, por el simple hecho de que les ganó el juego, como ocurrió recientemente en Margarita? "¿Seguridad? ¿Y mi escolta? ¿Alguien que nos ayude?".

No es tan fácil la cosa. Aunque lo quieran pensar así. En todo caso, bienvenido al fútbol. Que lo disfrute, que al final tiene sus cosas buenas. Pero hay que lucharlas.