Carlos Horacio Moreno, una vida en clave de fútbol

Ganó tres estrellas como técnico en la primera división venezolana, dirigió a la selección nacional, fue un habitual en la Copa Libertadores… el nombre de Carlos Horacio Moreno es de los más respetados en el país, por su trayectoria y el aporte al deporte.

Hoy técnico del Zulia FC, el argentino Moreno (Buenos Aires), conversó con PANORAMA sobre su paso por el balompié venezolano, desde 1972, cuando se unió al Portuguesa.



—En Argentina, al abrir los ojos, lo primero que ve el recién nacido es un balón…

—Mi vida es el fútbol, nada más. Comencé en el baby fútbol a los seis, siete años. Soy del Barrio de Pompeya, en Parque Patricios, cerca de las canchas de Huracán y San Lorenzo. Soy hincha de Huracán, pero en mi familia mi papá era de San Lorenzo y mi mamá de Huracán, se agarraban a trompadas todos los días por los equipos. Mi papá se impuso y dijo que jugaría en San Lorenzo. Del 62 al 69 estuve en las categorías menores, novena, octava, séptima… hasta la reserva. En el 70 estuve con Almagro en segunda división y en el 72 vine a Portuguesa, donde comenzó mi carrera profesional.

—¿Cómo llegó a Venezuela?

—Fueron a buscar jugadores para el Valencia y para Portuguesa. Agarraron a un técnico, de apellido Crosta, le dijeron que por favor consiguiera siete-ocho jugadores para un equipo y siete-ocho para otro. El técnico me conocía, era de Huracán, me fue a buscar. Yo estaba trabajando y vine. Venían muchos. Yo tenia poco conocimiento de Venezuela, en cuanto al fútbol. Conocía lo que se veía en las películas, Caracas. Tuve que buscar Acarigua en el mapa. Pero como venía con seis o siete más, con Echenausi… veníamos los 16 jugadores de Portuguesa y Valencia. Vivía en Buenos Aires y llegué a Acarigua, donde había cuatro casas y tres calles. Pero claro, yo pasaba problemas para cobrar en Argentina. Teníamos tres meses sin cobrar. Llego acá y me llamaban para cobrar. Me decían “epa, mire que la plata está allí”. Y yo decía “No puede ser, si hoy es 29”. Algo extraño para mí. Claro, con el dólar a 4,30… Estuve nueve años en Acarigua, del 72 al 81, ganando los cinco títulos. En el último no llegué porque con el presidente del equipo puse un restaurant. Yo tenia una pizzería con el “Pocho” Echenausi en Acarigua. Pusimos un restaurant a todo lujo, demasiado restaurant para Acarigua. En el 78 me llamaron otra vez, cuando ganaron la última estrella.

—¿Llegó a coincidir con Jairzinho?

—No jugué con Jairzinho, porque ya estaba con el restaurant. Fue tremendo amigo, lo es todavía, porque mi hija mayor cumplió el año y la fiesta la hicimos en su casa. Tengo buenos recuerdos de él.

—¿Vino casado usted desde Argentina?

—No, yo tengo seis hijos venezolanos y dos esposas de acá. Mi ex es de Maracay, aunque vivía en Acarigua, y la otra es gocha. Son tres de Acarigua y tres de San Cristóbal, las ciudades en las que jugué. Jugué en el Portuguesa hasta el 81 cuando me llama ‘Cata’ para el Atlético San Cristóbal, que tengo la suerte de salir campeón también, y me quedé.

El fútbol me costó un divorcio. Iba al cine y solo veía jugadores de fútbol en la pantalla. La mujer de los jugadores y de los técnicos tienen que ser especiales. Nos toca vivir al revés. Los viernes el común de la gente va a bonchar, nosotros debemos estar concentrados. El sábado igual, partido el domingo. El lunes, que estás libre, está todo cerrado.

—¿Qué posición jugaba?

—Comencé de “ocho”, pero cuando pasaron los años me ubiqué de “diez”, empecé a agarrar la quintita y allí me movía. En el momento que “Cata” (Walter Roque) está conmigo, cuando fuimos uno de los seis mejores equipos de Suramérica, eliminando a Barcelona de Guayaquil, a Nacional y a Táchira, allí me llamó Táchira para dirigir, siendo jugador. No hice menores, ni tuve escuela ni nada. Siendo jugador de fútbol me contactó el presidente de Táchira para ver si quería dirigir. Es totalmente atípico. Tenía 35 años, estaba terminando mi carrera, pero no la iba a terminar. Me llama Manolo Dávila y me dice que el presidente del Táchira quiere hablar contigo. “¿Te animarías a dirigir Táchira?”. Yo dije que sí. Me extrañó, porque esa rivalidad era demasiado grande, Táchira con el Atlético San Cristóbal. Pero dije que sí, que no tenía problema. Tuve la negativa de todos, salvo la de Manolo Dávila. Por mi falta de currículo y de donde venía. Salimos campeones en la Copa Bicentenario. Ya los medios se calmaron, y allá son muy difíciles. Hay programa en la mañana, la noche, al mediodía. Y todos con ese sentido colombiano de analizar siempre en negativo…

—Al final vende más el conflicto…

—Exactamente, ésa es la palabra. Bueno, salgo campeón y en el 84 salgo campeón de nuevo. Estuve seis años en San Cristóbal, con Táchira, y conseguimos ir a cinco copas Libertadores de América. A mí me detuvo no irme de Táchira no haber bajado del segundo lugar. Me estaban esperando, porque me seguían identificando con el Atlético San Cristóbal. Pero luego todo se calmó, con las copas Libertadores. Fue mi sello para agarrar la selección…

—El partido contra Independiente, el triunfo 3-2 sobre Independiente, fue inolvidable…

—Ése y el 3-0 contra Sol de América. Perdimos en unas condiciones terribles en la ida, nos pusieron el partido en Asunción al mediodía. La única forma de pasar era igualándolos. Ganamos con tres goles de Carlitos Maldonado, igualamos la serie, fuimos a penales y Miguel (Oswaldo González, hoy entrenador de delanteros del Zulia FC) erró el penal de empatar y quedamos fuera. En mi vida vi un llanto de la gente como ese. Muy emotivo. Eso, más ganarle a Internacional de Porto Alegre, fue de lo mejor, una etapa demasiado gloriosa. También hubo muchos problemas, tres meses de deuda, hacían colecta, los presos de Santa Ana mandaban las alcancías con medios… La gente llamaba para aportar a nuestro sueldo. Recibimos la alcancía de los presos llena de mediecitos. Escuchaban todos los días los juegos del Táchira y nos envían la alcancía. Nosotros íbamos a jugar a veces. Eso me llevó a ponerme el sello. Aunque no estuve mucho tiempo…

Ese partido contra Independiente fue el primer partido que transmitió Venevisión. Domingo a las cuatro de la tarde, ¿quién ha visto una Copa Libertadores así? Venevisión nos dio 30 pasajes, nos regala la señal para arriba, que la negociara con Argentina, y encima hay un gol de arco a arco. Un día más especial que ese, no puede haber.

—La Copa América, las eliminatorias. Duelos difíciles.

—En ese momento no lo pensabas. Me llamaron desde la Federación, me ofrecieron la selección y dije que sí. Fue el orgullo. Fue una eliminatoria mala, era con tres, clasificaba uno y nos tocó Brasil. La delantera era Bebeto, Careca y Romario. Pedía a ver si me dejaban meter 25 jugadores contra 11. Imposible. La Copa América fue un buen torneo, el equipo jugó muy bien al fútbol, le hicimos el primer gol a Brasil en la historia, Carlitos lo hizo. Me vine bien, pero ocurrió un problema disciplinario, jugadores que se portaron mal y destruí a la selección.

—¿Sanvicente estaba en ese grupo?

—Sí, pero él no fue por indisciplina, sino por bajo rendimiento. No era lo que yo esperaba. Herbert Márquez también.

—¿Qué le faltaba al jugador venezolano en ese entonces?

—Vivíamos pendientes de que los dirigentes no hacían nada, ésa era la queja nuestra. Que los dirigentes trataban mal a la selección. (Franco) Rizzi y (Daniel) Nikolac, por ejemplo, no quisieron ir a la selección por los bajos incentivos. “Era una miseria”, decían. No fueron. No teníamos profesionalismo, había una dejadez y un ambiente perdedor prefabricado. Le podías hablar a los jugadores, pero no había cómo. Con jugadores de mucho nivel: René Torres, Pedro Febles, Carlitos Maldonado, Laureano Jaimes, Pedro Acosta, Baena. Pero faltaba lo que hay hoy: el apoyo, el entorno, el trato de hotel cinco estrellas, jugadores en Europa, empresarios que los lleva. Eran jugadores para exportar. Venezuela no tiene un lateral como René, un “nueve” como Pedro, un volante como Laureano, Bernardo Añor. Plasencia un día me dijo que debí haber renunciado después de la Copa América. Dije que sí, que debía ser. Pero no podía admitir que un jugador venezolano en una semana, en la que tenías que jugar un partido con Brasil, luego Colombia, Perú y Paraguay, de sábado a viernes, no te concentraras. Les pedí que se cuidaran una semanita nada más. No. No puede ser, no lo admito, no lo justifico. Los volvería a echar. Hice una reunión con todos y les dije: “Ustedes no son venezolanos”. Me dio rabia.

—También estaba en ese grupo un jugador como Stalin Rivas, de lo mejor que produjo el país…

—Era un fenómeno. Lo pongo contra Brasil, entra y lo primero que hizo fue un túnel. Como jugador era un insolente. Tenía 17 años. Pero tuvo muchos problemas de indisciplina. En su momento lo justifiqué por la juventud. Lo ayudé luego a que se fuese a Bélgica. Le dije que dejó de ganar millones de dólares. Mucha gente habla de (Juan) Arango, quizás es el mejor de la historia. Pero Arango llega donde está es por la cabeza. Es un profesional. Como Tomás (Rincón). No es un fenómeno, pero es un profesional, que sabe donde está parado. Trabaja, trabaja y trabaja. Si Stalin llega a tener el mismo comportamiento de Arango, hubiese sido un fenómeno. Un zurdo que apareció por Puerto Ordaz y listo.

Después fue el deambular por Venezuela. Lara bajó por cuestiones administrativas, los subí a primera luego. Esas estrellas no me las ponen. Atlético Zulia, Caracas en el 2000. Estaba en plena Copa de Europa con Televen, Venevisión nos prestó. Estaba en Caracas y me convencieron para dirigir. Hablé con Valentiner y duré cinco minutos. Arreglé rápido. Caracas no estaba acostumbrado a llamar a gente fuera de la ciudad. Tuve la suerte de ganar el campeonato en el que me quemaron el autobús…

—Una anécdota de las fuertes en el fútbol venezolano…

—Era una final a dos partidos. En la ida jugamos en Maracay, ganamos 2-1 en la ida. En la revancha en “Pueblo Nuevo” arrancamos perdiendo 2-0. Antes de terminar el primer tiempo, Ederlei Pereira marca el 2-1. Faltando cinco minutos Stalin hace una de él, una pared con “Pequeño” (Alexander Rondón), pum-pac y adentro. Chao. Campeones nosotros. Salimos campeones, la euforia, y Juan García, su ritual es dar la vuelta a la cancha de rodillas. Está en la raya del arco norte y viene un chamito y le pega una patada. Lo ve “Pequeño”, lo persigue y le pega al chamo, le mete una patada.

Bajó la tribuna. Tiraron el alambrado. Nosotros, festejando, nos fuimos a correr. Parecía una guerra. Corrimos, (Ceferino) Bencomo se salvó de que le metieran una lata de refresco cerrada. Nos metimos al vestuario. La policía nos ayudó. Nuestro bus estaba atrás y lo saquearon. Yo tenía una pizarra magnética que la hicieron para un curso al que asistí en Río de Janeiro, era única. Cuando abro la ventana veo a un chamo corriendo con la pizarra. Hijo de… Cómo la había conseguido… Alguien, luego llevó el autobús al costado y le tiraron una bomba molotov. Puff, listo. Quedó sellado eso.

—Maracaibo, ¿cómo fue su relación con los equipos de la ciudad?

—(Jesús) García Regalado me llama estando yo en Mérida. Me dice que es un equipo nuevo, que viene de Lagunillas para Maracaibo. Decidí que sí, y me encontré en el Atlético Zulia con una organización muy buena, un manejo de la publicidad muy bueno. Con la mascota, un video, una orquesta, todo un show. Se pudo armar un buen equipo, Ruberth Morán, Alvarado, Sanhouse, Danny Vigas, Dolgetta, Canedo, Echenausi, “La Máquina” Palacios. Era un equipo competitivo. Tuvimos la satisfacción, por encima de todo, de la gente en el “Pachencho”. Yo sabía que la gente en Maracaibo no asistía al estadio, que los equipos no tenían arraigo. Logramos el Apertura, con todo lo que lo rodeó, una comodidad bárbara. Se consigue ese punto clave, que para mí es la gente. Hay otros sitios donde jamás vas a pasar de 300 espectadores. Después vinieron inconvenientes, no había publicidad, la estrategia se disolvió. Llegaron personajes con ideas “renovadoras”. Mi salida del equipo fue provocada por eso, por personas que se metieron allí. Después, con el Unión Atlético Maracaibo, allí sí hubo situaciones personales que no nombraré. No pudimos seguir la secuencia.

—Ahora, el Zulia FC, ¿cómo lo asume?

—Es especial. La plaza para mí es positiva y el llamado de César (Farías) fue fundamental. No esperaba su llamada. Tomo como algo positivo que la gente de fútbol compre equipos de fútbol. Saben lo que es el manejo, lo bueno, lo malo, dónde no te puedes meter. Pero jamás pensé que me llamaría a mí. Me planteó la situación, no me pidió para salvar nada, no me presionó. Confía en lo que yo pueda aportar como técnico. Eso sumado al proyecto con las menores, con la infraestructura. En la palabra de César hay otra clase de fe, de aceptación: se juega muchas cosas, tiene que cumplir lo que promete, porque seguirá viviendo del fútbol. Todos llegan igual, después desaparecen del mapa. Él no puede. Yo me uno a ese compromiso. Se han hecho muchísimas cosas: tengo al lado a Lino Alonso, que es una fiera. El estadio se ve muchísimo mejor. Lo que pido es paciencia, se está trabajando bien.

—El que no va al estadio lo reconoce por la televisión, por su trabajo en los mundiales. ¿Cómo fue su llegada a los medios?

—En el año 90, saliendo de la selección, Manolo Dávila me dice que Venevisión tenía a César Luis Menotti en su carpeta para el Mundial, pero que por diferencias económicas no lo pudo traer. Él se atreve a decirle a la gente de Venevisión que no viene Menotti, pero que él tiene a alguien “que habla igual”. Con ese tonito, esas cosas. La final de la Copa de Europa entre Benfica y Milan fue mi prueba para comentar. Me pidieron que hablara de fútbol y listo, sin casting. Yo conocía a Cristóbal Guerra porque estuvo cerca de nosotros en Copa Libertadores y en Copa América, con Venevisión. Yo estaba muy asustado. Maquillaje, “pase por aquí, pase por acá”... cosas de Venevisión. Me ayudó mucho Cristóbal para empezar. A la noche, en el hotel, viene el gerente y me dice que estoy aprobado para el Mundial del 90. Me pregunta que cuánto pretendo económicamente. No sabía. Le pedí una plata, creo que le pedí poco porque me la aprobaron enseguida: listo. Pasé un mundial espectacular, me dieron los mejores partidos. Nos transformamos con Cristóbal en el primer canal que comienza a analizar el partido. La costumbre era dar solo estadísticas. Hablaban sobre Pelé y los cuatro mundiales mientras la pelota daba en el palo. Profundizamos en el análisis. Ni siquiera me llevaba estadística. Luego me llamaron a todos los eventos donde había un partido de fútbol, hasta hoy. Tengo siete mundiales ya. Me hice hombre de Venevisión sin ser empleado de ellos.