Desagravio a Barbosa (o cómo armar un auténtico desastre)

El 16 de julio de 1950, once jugadores fueron condenados a la muerte moral. Execrados de la historia, padecieron como los malditos del fútbol brasileño. Todo por perder 2-1 en una definición de la primera copa del mundo organizada en casa, ante los bicampeones olímpicos y campeones del mundo: Uruguay.

Se le llamó Maracanazo, motivo de orgullo para el pueblo uruguayo, de vergüenza para el brasileño. El arquero Barbosa fue la gran víctima del grupo: solo faltó que lo desterraran de Brasil.

El 8 de julio de 2014, 14 jugadores demostraron que el Maracanazo fue un tropiezo infantil. Un raspón. Apenas algo que necesitaba de llanto por un día y después seguir adelante. El Maracanazo no necesitaba de 64 años de miedo.



Alemania 7-1 Brasil. Müller al 11, Klose al 23, un minuto después Kroos, al 26 de nuevo Kroos, tres minutos más tarde Khedira. Schürrle, al 69 y al 79, redondeó la fiesta de goles, cervezas y salchichas (siete no más).

Oscar, como quien no quiere la cosa, como para maquillar la golpiza, metió el gol del descuento al minuto 90.

¿Qué hizo Brasil para merecer esto? Cruzarse con un equipo élite tras cinco partidos sufriendo contra escuadras de garra y técnica, pero mediano nivel. Croacia 3-1 (gracias Nishimura), México 0-0 (Ochoa fue el demonio) y Camerún 4-1 (un equipo de rivales que debían ser compañeros); Chile 3-2 en penales (Pinilla pudo haber evitado la humillación en semifinales si metía un gol en el último segundo, que al final pegó en el travesaño); y Colombia 2-1 (gracias Velasco Carballo).

Hasta que se les atravesó Alemania.

Alemania es de los equipos que aprenden. Aprendió de su derrota 2-0 ante Brasil en la final de 2002 y reestructuró su forma de juego, de la mano de Jürgen Klinsmann y Joachim Löw: ya no eran toscos, aunque mantenían el espíritu de lucha. Aprendieron a tocar, a jugar al frente, a retroceder solo cuando lo necesitaban.

Así, los germanos terminaron terceros en su mundial en 2006 (sin mayor drama), segundos en la Euro 2008, terceros en Suráfrica 2010, semifinalistas en la Euro 2012. Ahora apuntan a Brasil 2014: parece difícil que no terminen alcanzando el título.

Mientras, Brasil se durmió en sus laureles.

Después de 2002, terminaron en cuartos de final en 2006 y 2010. La Copa América de 2007 fue un bálsamo, con una goleada 3-0 en el “Pachencho” Romero de Maracaibo ante el eterno rival, Argentina. Pero nadie estaba totalmente contento con ese equipo de Dunga, más pegador que técnico. En 2011, con Mano Menezes como DT, terminaron también en cuartos, después de llegar a empatar a cero con Venezuela.

Luiz Felipe Scolari terminó asumiendo. Con un planteamiento poco ortodoxo para Brasil, terminó campeón en 2002. Pero no es lo mismo jugar mal (o feo, según digan) con Rivaldo, Roberto Carlos, Ronaldinho y Ronaldo que con Oscar, Paulinho, Hulk o Fred.

Sin brillo, sin alegría, Brasil se fue apartando poco a poco de su historia. Solo Neymar representaba lo que Pelé, Garrincha, Zico y compañía fueron: cracks del toque y la fiesta. De resto, un plantel opaco, poco brillante, que tuvo en el triunfo de la Copa Confederaciones de 2013 un empujón de confianza.

Al final, ese empujón los terminó enviando al vacío.

El 7-1 fue circunstancial. Faltaron el lesionado Neymar y el amonestado Thiago Silva. Pero la derrota estaba prevista, por 1-0, 2-0, 2-1 o 3-2. Alemania aprovechó los fallos y le pasó por encima a los amazónicos: sin aspavientos, sin mayores cargadas o burlas. Como profesionales que son, como profesionales que trabajan por su objetivo.

Brasil debe reestructurarse. Como después de 1950, cuando comenzaron a llegar los títulos, ganando cinco que los ubicaron en el tope del planeta. La mancha del Mineirazo es imborrable, pero la historia siempre les dará la oportunidad de volver.

Y a Barbosa, el arquero del Maracanazo, el principal chivo expiatorio tras la derrota ante Uruguay… que le hagan una estatua. Se la merece.