Lázaro Candal, el apóstol del fútbol venezolano


Su nombre, como él mismo lo ha dicho, creció al lado del fútbol venezolano: Lázaro Candal construyó las primeras bases para que en el “mejor país del mundo”, como define a Venezuela,  se disfrutara el Deporte rey.



Este hombre, de un ingenio tan grande como el Atlántico que separa a su natal España de su adoptiva patria venezolana, les llevó la alegría de los mundiales a los televidentes desde 1974.  

Conversar con Lázaro es reír. La chispa no la pierde, la mantiene en cada frase. “El fútbol venezolano era un drama”, recordaba el gallego, en una conversación con el diario PANORAMA. “Pero luego comenzó a crecer, y yo con él. Hasta lo actual. Todo lo fui viviendo intensamente”.

Nacido en La Coruña el 4 de diciembre de 1931, hijo del tranviario Antonio Candal y de la ama de casa Jesusa Bravo, Lázaro jugó fútbol desde niño. Era un volante 10, y luego de pasar por categorías inferiores la España de la postguerra emigró al balompié centroamericano, recalando en Costa Rica.

Tras pasar por Gimnástica Española y Libertad entre 1956 y 1959, se vino a Venezuela de la mano de René Hemmer. Militó en el La Salle FC y en el Deportivo Español, durante los primeros años del profesionalismo, jugando hasta 1963.

“Era una Venezuela que no se compara con la actual”, apunta Candal. “Era exquisita. Podías salir por las noches, a las 2 de la mañana, y no pasaba nada. Era maravilloso”.

Se dedicó a escribir, para luego narrar por radio. Ahora vería al fútbol desde otra óptica, pero con la misma alegría que lo distinguió como jugador.

“Siento al fútbol venezolano como mío. Cuando llegué a los periódicos apenas se publicaba algo sobre fútbol”, rememoraba “Papaíto”.  “Empecé en El Mundo, con una columna que se llamaba Futbolerías. Luego pasé a Últimas Noticias”.

Lázaro volaba en un terreno en el que no existían ni pistas aeropuertos. Fue iniciativa suya la de seleccionar, desde 1971, al Mejor futbolista de América, una encuesta que llevaba en el diario El Mundo y que ganaron, hasta 1992, jugadores como Pelé, Diego Maradona, Teófilo Cubillas, Elías Figueroa y Zico, entre otros.

El diario uruguayo El País tomó la idea del gallego y también realizó su propia encuesta. Candal declinaría a favor de los montevideanos.

La pasión por el fútbol en Venezuela era muy reducida. Solo el béisbol se llevaba en los corazones patrios. Pero la aparición de los mundiales en los televisores le dio un empujón.

Tras narrar el Mundial de 1970 por radio, en 1974 Candal dio el salto a la televisión, con Venevisión. “Tenía –aún lo tiene- muchísimo acento gallego, se reían de mí. Pero me ayudaron mucho y me proyectaron, se dieron cuenta de mis conocimientos, más allá de lo que significaba el acento”.

De 1974 a 1982 transmitió el Mundial de fútbol a través de Venevisión. De 1986 a 2006 lo hizo en Radio Caracas Televisión. El de 2010 a través de una televisora regional.

En el de España 82, junto con el genial exjugador del Madrid Alfredo Di Stéfano, apareció el apodo que lo haría inmortal.

“Yo estaba apoyando mucho a Brasil, que era el equipo al que seguían los venezolanos. Los brasileños comenzaron perdiendo, pero luego se pusieron 2-1. Partido tremendo. Cuando faltaban como tres minutos, el marcador derecho de Brasil, Leandro, perdió una pelota por ponerse a driblar en el área y por nada marcan el gol del empate los soviéticos. Al perder la pelota dije ‘¿Qué hiciste papaíto?’. Luego me dio vergüenza, porque Di Stéfano, que estaba transmitiendo conmigo, se quedó riendo, y todos me miraban raro”.

Intentó moderarse Lázaro, pero qué va, ya el público se había enganchado.

“No la volví a decir, por pena. Pero luego llamaron desde Caracas diciendo que cómo era posible que no dijera esa frase más, que la repitiera continuamente. Y esa frase me dio de comer”.

“Mandó la pelota camino de Guanajuato”, o su alternativa criolla, “hasta Altagracia de Orituco”. “Qué angustias, qué nervios, qué desesperación”. “¿Y mañana? ¡¡¡Ayyyyy mañanaaaaa!!!”. Todas estas frases calaron en la memoria del venezolano.

El aporte de Lázaro no surgió solo de lo comunicacional. De hecho, el aporte que más le causa orgullo nace desde el fútbol infantil.

“Comencé a trabajar con un dirigente honesto del fútbol venezolano, Antonio Cabrujas. Íbamos a hacer clínicas de fútbol en barrios, pueblos. Disfruté mucho con los niños venezolanos, les llevábamos cuartillitos de leche y de jugo de naranja.

Los barrios disfrutaban: Caricuao, 23 de enero, Petare. Es el mejor recuerdo que tengo. (Juan) Arango estuvo en las ligas menores de fútbol, como Héctor Rivas. Íbamos a barrios de malandros y los malandros nos respetaban, porque tenían hermanos jugando, chamitos de 12, 14 años. Todos muy inocentes, muy ingenuos, muy humildes.
Era precioso ver cuando un niño anotaba el gol y sus compañeros lo abrazaban, porque quizá era un abrazo que nunca había recibido”.
A Venezuela no la puede sacar de su corazón. “Es el mejor país del mundo. No solo es la libertad, sino que tienes amigos en todas partes. Vas a Valencia, a Mérida, a Margarita y consigues amigos en todas partes”.

“A Maracaibo la disfruté como un loco”, cuenta. “Pero me pasó algo fuerte: me caí en el baño en la Copa América (2011, donde transmitió para una televisora local). Me pusieron 33 puntos en la cabeza. Una cosa horrible el coñazo que me llevé. Me cosió el que cose a Gilberto Correa, el que le hace las cirugías. Lo mejor fue que en la Basílica, el cura me entregó una cosa preciosa de la Virgen de Chiquinquirá, una reliquia. Delante de todos los fieles se mandó un discurso. Yo tenía todavía la frente vendada y todo el público aplaudió. Esas cosas no sabes cómo agradecerlas”.

Hoy reside en España. Está casado desde hace 56 años con Purita, a la que le dedicó, como lo hizo con Venezuela, su libro El fútbol es risa… y poesía. “Ella me ayudó mucho, porque yo me ausentaba por los partidos y ella siempre me apoyó, me dio mucho respaldo”.

Lázaro tiene tres hijos: Alex, que hoy sigue sus pasos como comentarista en DirecTV, Ana y Liz, y cinco nietos “tremendos, pero muy buenos”.

Su admiración en el mundo del fútbol apunta a la grandeza, a la genialidad. “Di Stéfano fue un monstruo, Pelé fue otro, Cruyff a un nivel más bajo, Maradona… y ahora Messi y Cristiano Ronaldo son dos monstruos”.

Sin embargo, está claro: Messi es el mejor futbolista en la actualidad.

“Es un poeta jugando al fútbol. Me gusta más su estilo, es más latino, más movedizo. Cristiano recurre mucho al esfuerzo físico, es portento, es una bestia corriendo, fuerte, salta… un superhombre, un superhumano. Pero Messi es más entretenido, más normal. Y no es tan presumido, no hace mucho aspaviento. Por eso prefiero a Messi”.

En su Venezuela, se queda con Luis Mendoza y Juan Arango.

“Mendoza fue un fenómeno, muy bueno. No había tantos venezolanos que destacaran en su tiempo. Pero Arango es otro monstruo. Le ha hecho un grandísimo beneficio al fútbol venezolano y a sus compañeros. Les abrió las puertas de Europa a jugadores talentosos, como Ronald Vargas y Orozco, el maracucho, que juega muy bien. Proyectó al fútbol venezolano con su éxito en España y ahora en Alemania”.

Es directo y simple en sus palabras. Con la sencillez de un pescador gallego, pero con la picardía de un carajito venezolano. Apunta al Mundial de 2014, ya desde sus columnas en el diario El Universal o como un mero espectador.

“Papaíto” le dio un espaldarazo a la Vinotinto, en la recta final del camino a Brasil 2014.

“No han hecho nada hasta ahora. Lo que tienen que hacer es a partir de ahora. Poco importa estar ahora en el cuarto lugar si no clasificas al final al Mundial. Tiene que ganar los partidos de local y sacar tres puntos como visitante, para clasificar automáticamente. Tienen que morir en la cancha.

Tienen que entregarse totalmente, con la responsabilidad de que los partidos que les quedan serán históricos para el fútbol venezolano. Si logran clasificar al Mundial, el país dará un vuelco. Todo ese nivel futbolístico se transformará de cara al futuro extraordinariamente. Dejarán una herencia maravillosa”.

Como la que él ha  dejado en su carrera a su Venezuela.