César Farías, fuera de la cancha

César Alejandro solo escuchaba y asentía. Sabía lo difícil de la enfermedad de Ana Karina, su hermana, un año menor que él. El niño, de seis años, ni lloró cuando le realizaron la punción lumbar, un examen por el que toman, con una aguja, una muestra de líquido en una de las vértebras. Sería el donante para ella.


Pero el tiempo no dio. Una pulmonía arrebató a la pequeña de los brazos de la familia Farías Acosta. Tenían casi tres años en Nueva York, buscando salvarla de la leucemia.

Lloró. Por mucha preparación, por mucha recomendación de psicólogo, no podía con tanto peso. Fue un golpe del que nunca se recuperó.

A los 21 años, César Alejandro Farías bautizó como Ana Karina a su primogénita. Era una forma de perpetuar la memoria de aquella niña que no pudo sobrevivir.

 “Aunque nosotros no habíamos nacido todavía, sabemos que le pegó”, recordó su hermano Daniel, hoy técnico del Deportivo Anzoátegui y asistente de Farías en partidos de la selección nacional.

En uno de sus primeros actos como seleccionador, Farías, acompañado de algunos jugadores de la Vinotinto, visitó el hospital pediátrico Rafael Tobías Guerrero, en Puerto La Cruz. Respondió a una solicitud para conversar con un joven, Jesús Méndez, de 16 años, bajo tratamiento contra el cáncer.

“Queremos llevarle un mensaje de positivismo, para que se repongan ante la adversidad en estos momentos crudos y llenos de amargura”, manifestó Farías a los medios que cubrieron aquella visita, en abril de 2008.

Nacido en la costeña población de Güiria, en 1973, el hijo mayor de los sucrenses Luis Farías y Liris Acosta, creció viendo al mar. Hasta los dos años vivió en Venezuela, trasladándose luego a Estados Unidos para el tratamiento de su hermana. A los seis regresó para establecerse en Caracas.

“El psicólogo en Estados Unidos nos dijo que lo tuviéramos ocupado 24 horas del día, porque había sido un golpe muy duro para él”, explicó el padre del técnico a este diario. “Fue maratonista, jugaba bowling, billar, tenis. Jugó con Nicolás Pereira y Aníbal Gómez, que era su primo: ellos llegaron a ser campeones en un mundialito de tenis. En todo se metía menos en fútbol, hasta que lo agarraron en el colegio Claret y lo convencieron”.

Jugó béisbol.  De hecho, cuando el tiempo se lo permite César es un consumado softbolista. “Todavía juego mis caimaneras en diciembre con los amigos en Cumaná, con Rafa Betancourt”, confesó Farías a PANORAMA, en una entrevista previa. “Tenemos cuatro años ganándoles a los de Cumaná segunda todos los diciembres, los 26”. 


Su padre, magallanero, fue un “pelotero frustrado”. “Yo no pude jugar, porque mi padre –César Farías Mata, un abogado y político oriental, exiliado bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez- prefirió que yo terminara la universidad. Pero yo no quería eso para mis hijos”, recordaba Luis.

César era utility, bateaba y lanzaba a la derecha, tenía un buen disparo y un buen bate, además de despuntar en los jardines. Sin embargo, Celso de Oliveira vio en él virtudes para el fútbol.

El exjugador (autor del gol más rápido en el fútbol profesional venezolano y padre del hoy técnico Daniel de Oliveira) lo colocó como portero en un partido contra el San Ignacio. “No solo jugó bien, sino que llegó a parar un penal, celebraron y lo sacaron en hombros”, contó Luis. De allí, no volvería a tomar un bate o una pelota sino para caimaneras entre amigos: el fútbol se convirtió en su vida.

El carácter de Farías –muy seguro de lo que busca, sabe imponer su decisión, no es amigo de las “medias tintas”- lo tomó de su familia paterna. En especial de su abuela, María Josefina Pagés. En la rueda de prensa antes de partir a Perú nombró uno de sus pensamientos: “Mi abuelita decía que no importaba que hablaran mal o bien, sino que hablaran”.

“Influyó en la crianza de César, como en la de nosotros”, señaló Luis. “Mi mamá luego se dedicó a la política, éramos primos de Luis Piñerúa Ordaz. A veces pienso que César salió a nosotros con ese carácter jodido. Mi mamá era así, yo también. No somos de buscar pelea, pero sí tenemos un carácter fuerte. Quizá por eso se nos dan las cosas”.

La lealtad es lo principal en su escala de valores. “César no tiene términos medios”, contó a este diario Marcos Mathías, asistente técnico en la actualidad y que conoce al seleccionador desde los tiempos de Trujillanos. “Yo le agradeceré siempre el haberme brindado la posibilidad de ir creciendo en el terreno laboral, sobre todo en Venezuela, donde un día estás y al otro se deshacen de ti con mucha facilidad”.

Lino Alonso es uno de sus mentores, desde que el sucrense comenzó a entrenar a mediados de los 90. Hoy, el semblante serio de Alonso se planta al lado del de Farías. Y con él, el del argentino Fabián Bazán. Los tres forman el cuadro principal de asesores del timonel, son sus hombres de confianza. Con ellos no solo comparte la planificación y el desarrollo de los partidos, sino también la euforia del triunfo y la decepción de la derrota.

Pocas veces se aleja del campo de juego. “No piensa en otra cosa sino en fútbol”, dice su padre. Sin embargo, César ha podido conformar una familia. Además de Ana Karina, que con 18 años estudia odontología, también tiene a Jesús (estudia bachillerato) y a Adriana, de 10 años.

En dos ocasiones públicas Farías los ha nombrado. La primera, durante la Copa América Argentina 2011: “Juré por mis hijos que no nos íbamos con las manos vacías. Estamos seguros de lo que hacemos, por eso se los dije”, señaló en una entrevista.

La segunda, en una rueda de prensa antes del cotejo frente a Chile, perdido 2-0 por el premundial de Brasil 2014, ante las críticas del técnico de los australes, Claudio Borghi: “Puedo dormir tranquilo: me quieren mis hijos, mi señora y mis jugadores”.

Jesús lo acompaña a los partidos de fútbol, pero solo a los amistosos. Para los duelos de alto nivel, Farías y todo lo que lo conforma se vuelcan a la preparación y organización del compromiso. Es un obseso de los videos de fútbol, encerrándose en una oficina que armó en su hogar por horas a analizar partidos.

Cuando la selección o los compromisos se lo permiten, el mar es su principal distracción. Su apartamento en Puerto La Cruz tiene acceso a la costa, con una lancha para salir a pescar. También hace parrillas en casa, pero al final todo termina en el Caribe.

“Nos reunimos varias veces, la mayoría por algo de mar. A todos nos gusta mucho la vida del mar, de pesca, de playa. Nacimos todos a la orilla del mar, en Güiria. Nosotros a veces comentamos que yo no puedo vivir en un sitio que no tenga mar. Me siento muy mal. He viajado mucho, pero yo tengo que ver el mar. César salió igual a mí, le gusta mucho eso. A sus hijos les gusta eso”, devela Luis.

Los tres hermanos Farías Acosta, con César a la cabeza, Daniel y Luis, se reúnen junto con sus padres, sus hijos y sus esposas. “Son muy pegados. Se respetan, pero ellos le tienen un respeto mucho mayor. Les enseñó a jugar de todo, hasta boxeo. Yo lo enseñé a él a jugar béisbol, pero él se encargó de sus hermanitos”, indica el patriarca de los Farías.

Aunque sus padres están separados, Luis no escatima elogios para la madre de César. “Liris es una guerrera, una luchadora toda la vida. Ella fue deportista también, como yo. Jugábamos béisbol y softbol, ella jugaba voleibol y kickingbol, bowling. De todo. Por eso los muchachos salen así”.

“Yo estoy muy orgulloso de mis hijos, de todos”, recalca Luis. “Dios me dio la suerte de tener hijos que han buscado un camino y han sabido llevarlo, con objetivos en la vida. Lo que se proponen lo logran, o tratan de lograrlo. Son muchachos trabajadores. César es un guerrero, en el buen estilo de la palabra”.