Un genio en su hogar: la vida de Juan Arango en Alemania


El silencio de la casa Arango Tortolero en la tranquila Mönchengladbach solo es roto por las voces de Jauryns y Juan Fernando Jr. Vienen de estudiar y jugar fútbol, hablando sobre lo hecho en el día: algún gol marcado, o una nueva palabra aprendida en alemán. Su padre, Juan, no es Arango esa tarde. Es el padre juguetón, esclavo de sus pequeños. Solo el día siguiente, de entrenamiento, se vuelve a convertir en el jugador número 18, uno de los más queridos, del Borussia local.

Ya pasaron tres años desde su llegada a la Bundesliga alemana, procedente del Mallorca español. Cambió la cálida isla balear, un paraíso veraniego, por el frío de la Europa central.



“Al principio el cambio nos costó un poco, sobre todo con los niños, por el idioma. Los niños empezaron a  aprender cosas nuevas, de las que no tenían conciencia estando en España. Ya ahora están plenamente adaptados al país y a la cultura”, contó a PANORAMA su esposa, Laurys.

La hija de Argenis Tortolero, el primer jugador en marcar un gol para Venezuela por unas eliminatorias, las de Inglaterra 1966, ya tiene doce años de casada con el crack vinotinto. Se conocieron gracias al fútbol, puesto que el maracayero coincidió con su hermano William en un campeonato suramericano, en 1996.  Posteriormente se verían de nuevo en otra concentración, esta vez en la que su hermano Edson fungía como una de las figuras principales.

“Nos presentaron y comenzamos a hablar”, recordó Laurys. “En Valencia, en una concentración en el 99, fue donde nos vimos más tiempo”.

Arango rompió la timidez que lo caracteriza ante una mucho más extrovertida Laurys. Desde entonces sería su compañera de vida, la que lo mimó en las pequeñas cosas y en las más graves, como cuando Juan sufrió un golpe en 2005 en un duelo entre Mallorca y el Sevilla. La imagen del venezolano tendido en el campo, con el rostro ensangrentado y sin sentido, le dio la vuelta al mundo. No pasó de un susto en el que la esposa actuó de amiga y enfermera.

El dorsal 18 llegó a Alemania luego de un paso destacado por el cuadro bermellón. Terminó como uno de los grandes goleadores extranjeros del equipo, con 46 dianas en liga y cuatro en Copa del Rey.

“El primer año sí fue duro, duro. Ya llevamos casi cuatro años y decimos ‘bah, no pasa nada’. Pero al principio sí, nos costó bastante. Me pegó el idioma y el cambio, el modo de ser de la gente. En España son más abiertos, más accesibles. En Alemania son más cerrados, aún más por el idioma”.

Es obligación en la mayoría de los equipos germanos que sus jugadores aprendan, aunque sea, rudimentos del idioma local. “A Juan le costó, porque primero tuvo que ver clases de alemán. Hubo un momento en el que se molestó con el club, porque decía que venía a jugar, no estudiar. En el equipo tenía cuatro, cinco compañeros que hablaban español. En el fútbol se adaptó antes que a la vida diaria. A mí me pega, porque yo tengo que ir al mercado, a llevar a  los niños al colegio, pero a Juan sí se le hizo sumamente más fácil. Con el paso de los años le ha ido mejor”, rememora la esposa, vía telefónica.

“A él le pusieron un traductor, luego a una profesora que le daba clases de alemán un mes, dos meses. Esa misma profesora les da clases a los niños. Yo no veo, veo pocas, porque me cuesta mucho”.

El club les asignó una casa para la familia, en una zona donde coinciden con algunos miembros del cuerpo técnico del equipo, en las afueras de Mönchengladbach. “Vivimos en una casa bien, tranquila, normal. Tenemos un vecino que es hermano del doctor del equipo. Por aquí vivía el entrenador que tuvo en el primer año y en otra cuadra vive otro compañero de Juan. Tenemos varios vecinos que hablan español”.

Aunque cuando le reconocen le saludan y le piden autógrafos o alguna foto, por lo general los Arango Tortolero, con su famoso padre a la cabeza, no conversan muchos con los habitantes de la ciudad. “Con alemanes es medio complicado porque no hablamos el idioma. También hablar el inglés que medio sabemos es complicado. Con algunos padres del colegio hablamos español, así como algunos conocidos de Juan”.

El volante zurdo, cuando no está en algún entrenamiento o compromiso del club, es de quedarse en casa a descansar. Ve mucha televisión, sobre todo la española. Juega con Juan Jr. algún juego de video en la PlayStation. 

Si Arango está con el equipo, Laurys se encarga de los chamos, acompañada de una niñera colombiana que está con ellos desde los tiempos del Mallorca. “¡Qué no hacemos para no aburrirnos! El niño está en fútbol, la niña tiene siempre clases, porque es complicado, está en fase de adaptación en el tema de los estudios. Mientras ella estudia todos los días, yo tengo que llevar al niño al fútbol”.

En la comida Arango no es muy exigente. “A Juan le gustan mucho sus arepas, el pabellón, el pasticho. Juan no es tan complicado con la comida. Los niños sí. No les gusta mucho la verdura. Con ellos sí batallo un poquito más”.

“Gracias a Dios he encontrado sitios donde venden harina PAN, la carne esmechada, la carne molida. Y si no los conseguimos, unos amigos en España nos envían caraotas, lentejas. Por ahora, gracias a Dios todavía se come venezolano”, apunta Laurys.

Lo más difícil de ser la esposa de un jugador de fútbol –vamos, no uno cualquiera, sino el gran Juan Arango- es la soledad. “Añoro a mi familia, mucho, mucho. Muy complicado estar en un país donde no sabes el idioma y te cuesta adaptarte. Por mucho tiempo que lleves acá todavía te cuesta”.

Se extraña el día a día de Venezuela en la casa de los Arango Tortolero: “Las reuniones familiares los domingos, el sancochito en la casa de mi mamá, la playa. Cada vez que vamos a Venezuela lo primero que hacemos es agarrar maletas e ir a la playa. Los niños lo añoran”.

Arango conversa con regularidad con sus padres en Maracay. “Lo que pasa es que Juan viaja mucho, no creo que a él le pegue más que a uno, que no digo que no le pegue, pero yo viajo cada año, mientras él cada dos o tres meses”.

Juan sale tempranito en la mañana, rumbo a los campos de entrenamiento del Mönchengladbach. Laurys se queda en casa, tomando un cafecito. Se despide de él. Los niños apenas despiertan. “Siento orgullo de él, de lo que es él, de que Venezuela le tenga tanto aprecio a Juan. Ser su esposa es complicado. Hay que saberlo llevar, con paciencia, mucha paciencia”.